Amelia Ángela Bell Feeley, o simplemente… Miss Bell.

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Sonia Ibarra Ibarra (†)*

* Investigadora de El Colegio de Jalisco y del Instituto Superior de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM).

Heredera de una familia de artistas, Amelia Bell fue una de las contadas niñas que no sólo tuvo el circo en casa, sino que lo vivió en carne propia. Su madre, del mismo nombre, integrante del “Circo europeo Familia Feeley”, fue considerada como la más grande artista ecuestre de todos los tiempos y desde muy niña, junto con su hermanito era la sensación en el acto de trapecio volante.

Los niños voladores Dickey y Amelia Feeley terminaban siempre con uno de sus actos la función; actos que sólo viéndolos podían ser creídos. Saltaban del cuello de un trapecista desde lo alto de la carpa a las plantas de los pies de otro, para luego quedar de pie, sólidos sin titubeos. Eran verdaderos gimnastas maravilla. Estos actos formaban el espectáculo más completo y grandioso de la época.1

     Su padre, Ricardo Bell hijo, fue el primogénito de la familia Bell, protagonista de la época de oro del circo en México. En el Porfiriato, el inglés Richard Bell llegó a nuestro país y aquí promovió hasta su muerte la actividad circense. Su destreza como payaso arrancó la risa del general Porfirio Díaz. Resulta que para enriquecer el espectáculo familiar, Ricardo Bell hijo fue enviado a los Estados Unidos a buscar nuevos números y en Nueva York, el destino le tenía algo preparado, pues llamó su atención un acto ecuestre ejecutado por Amelia Feeley, “joven bella, intrépida y sin rival”… cual personaje sacado de un óleo de María Izquierdo:

Era necesario ver a esa esbelta criatura lanzarse en el espacio con todo el peso de su cuerpo, cayendo en perfecto aplomo sobre el lomo del caballo en desbocada carrera y luego realizar artísticos y asombrosos ejercicios.2

     La contrató de inmediato, uniéndose así Amelia Feeley al elenco del Espectáculo Bell. Con el tiempo, de la unión de dos grandes artistas, nació Amelia Ángela Bell Feeley el 23 de junio de 1907. Con la vorágine del espectáculo y de los movimientos revolucionarios en México, la familia salió del país rumbo a los Estados Unidos cuando ella tenía tres años de edad. Allá, junto con su hermana Josefina, tomó lecciones de baile en Nueva York hasta 1914 y participó con la gran familia en los espectáculos musicales. Para ese entonces, la pretensión del clan era viajar a Europa, sin embargo, la Primera Guerra Mundial impidió tal proyecto.

     Por ello, viajaron a América del Sur y fue allá donde Amelia empezó a bailar profesionalmente a los cuatro años: “mi hermana y yo ya teníamos puesto un repertorio que hacíamos en las academias y debutamos en Panamá en el Teatro Colón con el baile de los marineritos”.3

Salimos de Nueva York, a bordo del trasatlántico “S.S. Panamá”, el 7 de octubre. Abuelo materno, papás, tíos, tías y nietos en número de 25, todos Bell, además de nuestro profesor de baile clásico, el jefe de tramoya, el agente y el representante. Atracó el barco en Colón, Panamá y Balboa el 13 de octubre de 1915. Yo contaba con la edad de 8 años… la temporada artística fue de gran éxito. Quince días consecutivos del 14 al 28 de octubre en que deberíamos partir.4

     La gira continuó por Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Venezuela, Bahamas, Trinidad y Tobago, Puerto de España, Barbados, Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba, donde tuvo la oportunidad de ver la actuación de Ana Pavlova en La muerte del Cisne, lo que dejó una fuerte impresión en su vida. El fin de la Primera Guerra Mundial marcó también el final de la gira artística en Cuba el año de 1919.

     Volvieron a México y la primera presentación de “Variedades y atracciones Bell” fue en el Teatro Esperanza Iris con una impresionante respuesta del público, que tras nueve años de ausencia recordaba al primero de la dinastía, el primer gran payaso de América, Ricardo Bell, que había muerto en 1911.

     En 1919 llegó Amelia a Guadalajara para actuar en el Teatro Degollado y vivió con su abuela, en una casa ubicada en Av. Vallarta 1453, esquina con Lafayette (Chapultepec).

     En esta ciudad estudió en el Colegio Teresiano la secundaria, luego continuó su actividad artística por todo nuestro país y posteriormente en los Estados Unidos, donde también tuvo oportunidad de actuar en la película La jaula de los leones, filmada en Los Ángeles, California.

     Ya de regreso en Guadalajara, en 1934, a solicitud de una madre de familia, empezó a darle clases a unas niñas pequeñas en el Hotel Francés donde le facilitaron un espacio para ello, pero al aumentar la demanda de sus cursos, ella decidió fundar su Academia con clases de ballet clásico, danza española, regional, valses y tap. La Academia Hermanas Bell se instaló en los altos del Edificio Mosler por la avenida 16 de Septiembre. Al año siguiente presentó su primer festival y fue el inicio de su larga trayectoria en la docencia, pues en 1937 asistió a los Cursos de Educación Física impartidos por la Dirección de Educación Primaria, Especial y Normal, obteniendo el título de maestra de Educación Física. Más tarde tomó también los cursos de Capacitación Militar y Enfermería.

     Así, impartió educación física y baile y preparó festivales y celebraciones en diversas instituciones educativas: Colegio Americano, Nueva Galicia, Anglo-Mexicano, Aquiles Serdán, Libertad, Renacimiento, Patria, Carlos Moya, Tlaquepaque, Luis Silva, Victoria, Sagrado Corazón, Martínez Negrete, Sor Juana Inés de la Cruz, Enrique de Osso, Teresiano, San Francisco de Asís y El Refugio.

     Para 1942, su Academia cambió el nombre a Estudio Amelia Bell y, al año siguiente, fue nombrada maestra de danza de la Escuela Normal de Jalisco, “el gobernador del Estado, Marcelino García Barragán, autorizó al profesor Salvador M. Lima, director de Educación en el Estado, que diera todo el apoyo económico y moral a la altura de la maestra Amelia Bell para que formara un cuerpo de baile”.5

Luego vinieron los ejercicios acostumbrados, ensayos, confección de trajes, sombreros, rebozos, peribanas, gallos de pelea y accesorios especiales. Jalisco, aparte de su autenticidad, tenía un diferente atractivo. Dos gallos de pelea que dentro del ruedo formado por los bailadores demostraban su valor entusiasmando a los espectadores que los apoyaban con porras. Después de haber participado cada uno de los grupos y siguiendo la característica que la maestra había dado a los bailables de la Escuela Normal, conjuntaba a todos los estados participantes y formaba un gran espectáculo, cada grupo con sus evoluciones propias y todos unidos a la vez. A mí me tocaba sentarme dentro de una enorme canasta de carrizo artísticamente tejida en donde habían sido colocadas previamente flores y listones.6

     Impartió clases en la Escuela Anexa a la Normal y otras escuelas primarias estatales, además preparaba cuentos, acompañada de la Orquesta de Arturo Javier González. Con tanta actividad, muy pronto empezaron a surgir los diplomas y reconocimientos que en el caso de Amelia Bell resultan realmente innumerables. Pero entre los destacados podemos mencionar la medalla “Honor al Mérito” entregada por la Escuela Normal de Jalisco en 1947.

     Otro galardón lo obtuvo del Internado Beatriz Hernández, que en ese entonces estaba dirigido por la profesora Josefina Gómez Viuda de Ibarra. Ella montó con las niñas cinco sones jaliscienses: La Culebra, La Negra, El Maracumbé, Las Alazanas y El Caballito. Se presentaron en el Noveno Concurso de Danza y Bailes Nacionales donde participaban todos los internados del país y obtuvieron el primer lugar.

     La presea “Clemente Orozco” le fue impuesta por el gobernador Agustín Yáñez en 1959.

     En 1973, tras un problema con el menisco de la rodilla derecha, tomó la decisión de retirarse de los colegios y de cerrar su Academia.

     Al cierre de ese ciclo, recibió homenajes del Ayuntamiento de Zapopan y del Gobierno del Estado. De igual modo, el Instituto Nueva Galicia rindió tributo a su fructífera trayectoria educativa.

     Al retirarse de la docencia, se dedicó a preparar valses de quinceañeras, actos de graduación, festivales y celebración de aniversarios, lo que, lejos de la Academia, le permitía seguir disfrutando de su pasión: la danza.

     En 1983, fue invitada a impartir clases de baile y danza folklórica a las personas de la tercera edad como voluntaria en el Centro Jalisciense de Atención al Anciano del DIF, lo que le dio un nuevo sentido a su vida, continuando con la cosecha de premios y reconocimientos, pues también logró triunfos importantes con ese grupo.

     En abril de 1991 se llevó a cabo el homenaje: “Una vida en la danza”, realizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, nombrándola además, Miembro de Honor del Instituto Internacional de Teatro de la UNESCO.

     En julio de ese año presentó un festival para 11 damas de la Reunión Cumbre Iberoamericana a petición de la Sra. Cecilia Ocelli de Salinas.

     La Secretaría de Cultura le ofreció un homenaje titulado “Remembranzas”, el 27 de septiembre de 2003 que se realizó en el Teatro Degollado, un espacio sumamente familiar para ella.

     Su departamento en la calle La Luna, de Jardines del Bosque, es ahora un preciado museo, pues en él guarda cuidadosamente la historia de la familia Bell: diplomas, medallas, trofeos, vestuario y sobre todo, finísimas y artísticas fotos.

     Al entrar ahí se penetra en ese mundo del espectáculo y de las marquesinas. En una habitación se ven reconocimientos y diplomas por todos los muros, carteles y programas de sus presentaciones en diversos teatros del mundo, las fotos de sus padres y de sus abuelos, baúles que guardan preciosos objetos, como la capa de su madre, una ponchera de plata de su abuela, un juego de té, candelabros, candiles y sobre todo, una sensación de grandeza artística indescriptible.

     Actualmente Miss Bell se ha retirado de la enseñanza, con sus 98 años, posee una increíble lucidez, aunque su cuerpo se rinde ante el efecto del implacable tiempo, pero de vez en cuando sigue bailando con sus amigos y va al cine frecuentemente. De igual modo, de vez en vez, le siguen llegando los homenajes por su especial trayectoria, que ella recibe de modo tan natural porque simple y sencillamente eso ha sido su vida.

Notas

  1. Cit. por Guadalupe Gálvez Mejorada: Ella Amelia Ángela Bell Feeley. 1992. s.p.i. p. 6.
  2. Ibid. p. 23.
  3. http://www.mural.com (19 de septiembre de 2003).
  4. Guadalupe Gálvez Mejorada. Op. cit.p. 44.
  5. Ibid. p. 98.
  6. Ibid. p. 104.

Cítese este artículo como: Ibarra I., Sonia. “Amelia Ángela Bell Feeley, o simplemente… Miss Bell”, artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 19, diciembre de 2006).

Miss Bell dejó el mundo de los vivos a los 101 años de edad, pero ha dejado también su legado. Sus restos descansan ya en el Panteón de Mezquitán.

Por: Angélica Iñiguez

“Danza es formol”, se dice entre los bailarines. Y Amelia Angela Bell Feeley  (1907-2008) fue un claro ejemplo de ello, pues a los cien años se le vio entera pisar el Foro de Arte y Cultura para recibir un homenaje en 2007

 

Aún más, diez años atrás tuvo la desfachatez de bailar como una quinceañera. Ya se había despedido de la danza varias veces –aunque gente como ella podrá dejar de bailar pero nunca dejar la danza porque existen tantas formas de abordarla como la creatividad lo permite—, pero en 1995, a los 90 años, se despidió bailando una pieza de tap en el escenario del Teatro Degollado con tal vitalidad que arrancó ovaciones al público.

Miss Bell dio las primeras clases de ballet clásico de que se tiene noticia en esta ciudad. Según el grupo Tenamaztli A.C., fue alrededor 1934 en el Hotel Francés cuando una mujer le rogó a Miss Bell que le diera clases a su hija. “Yo le dije que no, porque yo era artista no maestra, pero la señora me insistió tanto que me convenció”, dijo en una entrevista, y así fue como Ivonne Nap se convirtió en su primera alumna, por lo tanto en la presunta primera alumna de ballet de Guadalajara.

Amelia y su familia circense vivían en el Hotel Francés, pues se encontraban dando temporada en el Teatro Degollado. Así que la recién estrenada maestra de baile pidió permiso al dueño del hotel de hacer las clases en el lobby. Pero luego llegó otra alumna, y otra y otra, hasta que el lobby lucía lleno y el dueño del hotel le recordó lo que más claro no podía ser: “Esto es un hotel, no una academia de baile”. 

Miss Bell buscó un local céntrico y allí abrió su academia de ballet, donde tiempo después impartió danza folclórica mexicana, bailes internacionales y tap. Desde entonces su sorpresiva carrera como docente la llevó a preparar niñas y muchachas para la danza. Y aunque no tuvo hijos, Miss Bell dejó una gran descendencia de bailarinas.

En 1935 presenta el primer festival infantil de danza “Los sueños de un niño” con su nutrido grupo de alumnas. Los 40 años siguientes realiza estos festivales sin parar, la mayoría de ellos a beneficio de obras de noble causa y con unas 150 niñas en escena. Siempre en el Teatro Degollado. En las vacaciones Amelia Angela Bell escribe los cuentos que luego llevará a escena y diseña su propia escenografía y sus vestuarios.

Pero no sólo es miss de academia, también da clases en 40 de los mejores colegios de Guadalajara, de danza y cultura física y se convierte, junto con Miss Cuca, en el sueño de la profesora de danza de toda niña tapatía. En 1946 se convierte en profesora de danza en el Departamento de Bellas Artes de Jalisco.

La dinastía Bell
 
Miss Amelia Bell proviene de una familia circense. Todo comenzó con el mimo James Bell, su abuelo escocés que se casó con la francesa Emilia Guest y procreó con ella a Ricardo Bell que se convirtió en un destacado clown. Don Ricardo vino a México en 1889 con todo y su trouppe para integrarse al circo Orrín. 

Ricardo Bell, siendo ya un payaso y acróbata destacado en México se casó con Francisca Peyres, con quien tuvo 13 hijos y con su descendencia llegó a tener su propio circo: el famoso Circo Bell. El primogénito, también Ricardo, viajó a Nueva York en busca de nuevos espectáculos y allá se casó con Amelia Feeley, estrella del Ringling Brothers Circus, de quienes nació, segunda de dos hermanas, Amelia Bell. 

Durante la Revolución Mexicana, Ricardo Bell se llevó a su familia a Estados Unidos, planeando regresar a México, su patria adoptiva, en cuanto terminara la guerra. Pero nunca se imaginó que los revolucionarios tomarían por asalto los vagones del ferrocarril que transportaban al Circo Bell entero, robando todo.

Luego de no pocos abatares, la familia circense regresa a Guadalajara y decide quedarse a vivir en la perla tapatía que gozaba de un clima excepcional. En 1923 los Bell adquirieron una hermosa casa en la esquina de Vallarta y Chapultepec, en la colonia Americana y Amelia estudia en el Colegio Teresiano.

Durante toda su etapa formativa, Amelia Bell tuvo los mejores maestros de baile en Estados Unidos y Sudamérica, de hecho comenzó con la danza en Nueva York a los cuatro años, más tarde siguió con violín y canto.

Dijo Miss Bell alguna vez que nunca añoró una vida infantil más convencional, con amigos y juegos, puesto que no conoció otra vida más que la del circo: de niña no tuvo amigos fuera de su entorno familiar, que era el de la empresa del circo. “Yo no conocía otra forma de vida mas que la que tuve yo, así que no fue difícil para mí, porque tampoco tuve amigas ni conocí otras niñas”, dice con sonrisa en la boca. 

En 1974 tuvo una fractura de rodilla y cerró su academia presentando el montaje “Los sueños de Rosalía”. Pero se recuperó y comenzó a dar clases de nuevo, pero esta vez no a niñas sino a señoras mayores y en 1983 el gobierno estatal la invitó a integrarse como profesora de danza al Centro Jalisciense de Atención al Anciano del DIF, donde dirigió el grupo Años de oro hasta 2002, que fue cuando se retiró de manera definitiva. 

Miss Bell dejó el mundo de los vivos a los 101 años de edad, pero ha dejado también su legado. Sus restos descansan  en el Panteón de Mezquitán, pero su herencia perdura entre las nuevas generaciones de bailarinas y bailarines que han preparado las diferentes academias en la ciudad.

Fuente: http://www.informador.com.mx/suplementos/2008/18617/6/homenaje-escrito-a-la-memoria-de-una-gran-figura-miss-bell-para-rato.htm

HISTORIA DE LA DANZA EN MEXICO A PARTIR DEL PORFIRIATO

HISTORIA DE LA DANZA EN MEXICO A PARTIR DEL PORFIRIATO

Introducción

En este trabajo se muestra la danza, desde los inicios del gobierno de Porfirio Díaz, pasando por todas las características que desarrollo y mantuvo durante esos treinta años de gobierno, pasando a la danza post revolución, el proyecto de Vasconcelos en el que se empieza a dar una clara visión de la idea nacionalista, todo lo que surgió durante esta época donde todos los artistas querían encontrarse con las raíces mexicanas, el surgimiento de la Escuela Nacional de Danza, el Palacio de Bellas Artes, la danza modernista, se habla también de las grandes bailarinas: Sokolov, Waldeen, las hermanas Campobello, Guillermina Bravo, Lourdes Campos, Amalia Hernández, Josefina Lavalle, José Limón, entre otros.

LA DANZA DURANTE LA ÉPOCA PORFIRIANA.

La cultura, a grandes rasgos, es la expresión más directa y fiel de la evolución de un pueblo. Al mismo tiempo que lo identifica, expresa los elementos que los une a su naturaleza con su trayectoria histórica. Resulta difícil conocer o entrar en contacto por primera vez con una nación, del presente o del pasado, por conductos distintos de las producciones de su cultura pues en el devenir cultural se van forjando y registrando simultáneamente los rasgos principales de todo grupo humano.

El porfiriato, cabalmente iniciado en 1877, alcanzó en 1911 el establecimiento de una “cultura mexicana” que, por una parte, asentó al fin algunos de los valores y características por los que también lucharon y discutieron los dirigentes nacionales durante todo el siglo XIX; por otra parte, el prolongado gobierno de Porfirio Díaz “construyo una nación” mediante la centralización organizada de aspectos culturales foráneos que, si bien impactaron al grueso de la población, pocos efectos tuvieron -como en las aspiraciones políticas de la masa- en la cultura popular. La gran explosión social de 1910 habría de revelar la existencia de un mundo nacional dividido, partido en segmentos irreconocibles; asimismo, en sus quehaceres netamente culturales, el pueblo se hallaría poco relacionado con los grupos hegemónicos pues éstos se habían alejado paulatinamente de sus expresiones, inquietudes, diversiones, problemas y temas.

Don Porfirio cumplió su promesa de aglutinar a la disgregada nación pero lo hizo convirtiendo al poder en espectáculo: el ejército, la burocracia, el comercio y la alta sociedad produjeron “paladines” de debían ser admirados con los atavíos del disfraz en los escenarios más indicados para marcar diferencias: bailes, desfiles, ceremonias, tiendas, restaurantes… Lo mexicano debía transfigurarse gracias a los elementos venidos de fuera; el país importaba, sin ambages, óperas y operetas y las matrimoniaba con las tonadillas, las canciones locales y regionales, el lenguaje popular, el chiste espontáneo y la música y las danzas nacionales. Los valses más bellos de los compositores mexicanos imitan y hasta superan en delicadeza y calidad a los valses europeos. La “alta cultura” porfirista es un cúmulo de imágenes idealizadas que incluyen al concepto idílico den indio, del habitante prehispánico, de los elementos de la historia mexicana. La “fiesta popular” sigue su propio camino a la vista de los nuevos conceptos de lo “chic” o elegante. El pueblo baila, canta y se divierte en los espacios abiertos mientras los núcleos familiares pudientes se afrancesan bien y, mal en los salones y restaurantes. El eclecticismo se vuelve costumbre y hasta pasión, azuzado por el talento muy especial del artista mexicano.

La construcción de respetables salas teatrales -de la misma manera que el operativo acondicionamiento de patios y espacios para celebrar bailes- indica la idea porfirista de respetar y fomentar las artes del espectáculo. Durante el gobierno de Porfirio Díaz no sólo visitaron el país figuras principalísimas de la ópera, la opereta, la danza y la música: también se aclimataron a la vida del país algunos artistas de renombre; se entusiasmaron otros; y algunos más sintieron de lleno los apoyos incondicionales de los empresarios, gobierno y público para montar y admirar espectáculos notables. La arquitectura europeizante y ecléctica de la cedes indicaban elocuentemente el deseo de machihembrar las formas artísticas extranjeras y mexicanas: Teatro Juárez de Guanajuato (1903), Teatro Luis Mier y Terán en Oaxaca (hoy Teatro Macedonio Alcalá, 1909); se erigieron estas y otras muchísimas instalaciones que prepararon el terreno técnico y político para el proyecto de construir el gran Teatro Nacional en la ciudad de México (hoy Palacio de Bellas Artes).

Carente de atención y ausente en los programas de instrucción pública, la danza es dejada, durante el Porfiriato, de la mano de los alicientes oficiales. Allí estaba, existía, sostenida por la enorme tradición de la danza “mexicana” que afloraba simultáneamente al desarrollo y la vigorización de las clases medias y sus mentalidades, contradicciones y contrastes. Y como “el motor de la vida social era la evolución indefectible hacia el progreso, y que en un pueblo atrasado como el nuestro no había otra salida para procurar el progreso que la institución de un gobierno fuerte”, las danzas autóctonas y las danzas populares (folklóricas) de la ciudad y el campo obedecieron la dirección y el sentido de sus propios impulsos hasta cubrir, con creces, las demandas espontáneas de las nuevas clases medias. El incipiente proletariado urbano se unió a esta satisfacción. Por su parte, las clases altas, sobre todo la nueva burguesía, más tranquilas, tuvieron tiempo y entusiasmo para incorporar a sus costumbres la diversión del “baile”, incluso del “gran baile”. Por una parte, esta modalidad transformaba la costumbre criolla y colonial de solazarse en los bailes de salón; por la otra mexicanizaba la diversión europea de los salones de baile, iniciando sus ambientes, ritmos, pasos, ostentaciones y actitudes dancísticas y sociales en los espacios del “club”, el “círculo” y el salón de fiestas. Bailar, para las clases altas, se convierte en un deporte, un poco más oloroso y estético que los demás deportes a su alcance. Ahora surgen el tiempo y las ganas para desenvolver el pataleo; asimismo, para familiarizarse con los clases, las mazurcas, las poleas y los demás numeritos que, por muchos años traídos de España y Europa, no habían tenido paz y ambientes suficientes como para “prender” en estos lares. Y si un “grupo de jóvenes franceses formó La Lyre Gauloise, que celebraba frecuentes soirées”, los italianos y norteamericanos no se quedan atrás: los primeros fundan su “clubes propiamente mexicanos… el Campestre, el Apaga Faroles la Sociedad de los Trece, Los Siete Pecados Capitales, etcétera”.