Don Lupe Reyes: el oficio del destino

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Soy un inútil pobre ranchero,
siempre carezco de buenas letras
pero en la marcha que es de los poetas
me inspiro mucho por ser versero.

J. Guadalupe Reyes Reyes

Don Lupe Reyes: el oficio del destino. Por: Agustín Escobar Ledesma

Don Lupe Reyes y los Reyes de El Refugio es un cuarteto musical perteneciente al territorio del huapango arribeño formado por la familia Reyes Noyola, oriunda de El Refugio, municipio de Arroyo Seco, Querétaro. De ellos, a decir de don Lupe Reyes, padre de los otros tres integrantes, Miguel es primer vara y rey de bastos; Vicente es segundo vara y rey de espadas; Gualberto es jaranero y rey de oros. Al final aparece J. Guadalupe Reyes con su guitarra quinta hupanguera, rey de copas porque, él mismo lo confiesa, “de veras me encanta el vino”. Sin embargo, a este singular rey lo que más le apasiona es la poesía que se le revela entre los surcos de la milpa  desde mediados de la década de los cincuenta del siglo xx, cuando empezó a pergeñar sus primeros versos decimales. Don Lupe Reyes ha dedicado la mayor parte de su vida a la poesía decimal campesina en múltiples enfrentamientos poético musicales en diversas topadas de la región serrana.

Es a partir de 1986, ya con sus hijos crecidos, con quienes comparte la música y la poesía decimal campesina, que le roba horas a sus labores agrícolas y otras tantas al sueño, para preservar y difundir el son arribeño en la región en que confluyen los estados de Querétaro, Guanajuato, Hidalgo y San Luis Potosí. Y es que el cuarteto de Don Lupe, al igual que el Creador bíblico, sólo descansa los domingos. Don Lupe Reyes es el heredero de una tradición en la que, como bien apunta Guillermo Velásquez: “El poeta es el personaje central del huapango arribeño. Es ante todo un trovador que anda en la serranía, localidad tras localidad, cumpliendo sus compromisos cantando y recitando sus versos y haciendo crónica de lo que ve y escucha, de sí mismo y de la gente que lo llama; del lugar, la religión, y el país; de la sierra y el cielo; de amores y desamores, de nostalgias y esperanzas.”

MI REINA POR UNA…

La riqueza cultural del son arribeño contrasta con la humilde casa del rey de copas: las paredes son de varas vegetales enjarradas de lodo; el piso es de tierra y el techo está cubierto de romerillo, un arbusto impermeable de la región. Dentro de la casa de don Lupe, resguardados por el calor del fogón de la cocina que por las noches se convierte en recámara, dentro de su respectivo estuche, están los preciosos instrumentos musicales aferrados a las paredes, listos para saltar a los brazos de sus ejecutantes. Los seis perros de Los Reyes de El Refugio son tan famélicos que ni fuerza tienen para disuadir con ladridos a los intrusos; cualquiera puede llegar hasta la cocina y los perros apenas abren un ojo echados en el suelo. Son tantos los cancerberos que nadie recuerda el nombre de cada uno de ellos. Más allá, un gallo se disputa ruidosamente los favores de varias gallinas; al igual que las mujeres jóvenes de la región ante la ausencia de muchachos que emigraron a Estados Unidos, se pelean las preferencias de los agentes de ventas que llegan a El Refugio. En un rincón del patio del humilde lugar descansan diversos aperos de labranza; también hay pequeñas y redondas calabazas, olotes, piedras, tierra y un fuerte viento que silva furioso sobre sus habitantes. De los horcones que salen de la vivienda cuelgan dos escuálidos focos, que más valdría no encender porque apenas les alcanza la luz para iluminar la pobreza, opacada  por la belleza del estrellado cielo nocturno.

XILOGRAFÍA

El Refugio es una antigua imagen de Abelardo Ávila (famoso grabador queretano nacido a unos cuantos kilómetros de aquí), que se ha quedado congelada por el tiempo, en la que persiste la miseria secular confundida con los troncos de los árboles que semejan bucólicos campesinos errantes en busca de sus divinidades, de su destino y del son arribeño. El Refugio es una comunidad que no rebasa los mil habitantes y que limita con el estado de San Luis Potosí. Sus casas están dispersas en una zona donde lo abundante son las piedras y los cuisillos prehispánicos. Las veredas están flanqueadas por enormes cactos de pitayas y tapizadas por las amarillas flores de ortiga que semejan caminos de luz para que lleguen las ánimas, pero que en realidad son señales para que salgan los serranos en busca de los ansiados dólares que les permitan construir sus casas de terrado que, a final de cuentas, quedan abandonadas porque la familia entera termina emigrando. Hombres y naturaleza se funden en esta semidesértica zona de la Sierra Gorda en la que pinos, enebros, nogales y ceibas han cedido sus lugares a mezquites, huizaches y diversas plantas xerófilas. Las negras y fértiles tierras producen grandes mazorcas de maíz que son arrancadas de la tierra con el sudor de la frente de los campesinos que se resisten a abandonar su cultura, sus muertos y sus raíces, a pesar del vendaval fenómeno de la migración que azota a la región y no deja familia indemne.

RECONOCIMIENTO

Don Lupe Reyes, trovador, músico y poeta, en un creador de la música popular de nuestro país que, a pesar de llevar más de cincuenta años en el oficio que el destino le dio, jamás ha conocido las delicias de las becas que otorga el gobierno a los creadores, eso sí, como apunta Guillermo Velázquez de Los Leones de la Sierra de Xichú: “Huapangueros y campesinos conocedores lo reconocen en toda la región como un creador respetuoso de las reglas del buen trovar, y es que su obra la fue escribiendo según la necesidad de los distintos combates que se presentaban y a los cuales trataba de ir bien preparado. Muchos de sus versos los hizo en la milpa, porque allí encontraba el silencio necesario para hallar las palabras y las rimas, andaba con la yunta y cuando de pronto se le venía un verso a la cabeza se detenía para apuntarlo en algún papel que llevaba preparado en el bolsillo, luego volvía a arrear la yunta y cuando le llegaban más versos, nuevamente se detenía; en la noche, al regresar a la casa, sacaba una libreta de un veliz y los apuntaba.”

 APUNTES CURRICULARES

Don Lupe Reyes pertenece a la casta de los antiguos juglares europeos medievales que recorrían la legua llevando sus mensajes y su arte poético por distintas regiones:

Soy J. Guadalupe Reyes Reyes, nacido y bautizado en 1931 en El Refugio, Arroyo Seco, Querétaro. De niño me crió un tío al que le ayudaba a cuidar animales y al que no le gustaba la lectura porque él mismo no sabía leer ni escribir, cuando le dije que yo quería aprender me dijo que eso no servía que lo bueno era cultivar el campo y no la lectura. Sin embargo, a escondidas de él yo aprendí a leer y escribir con un silabario que me regaló un barrillero que se llamaba Arnulfo. Yo mismo iba juntando las letras con la ayuda de un vecino que se llamaba Epigmenio Grande quien me enseñó la pronunciación de las sílabas. Al mismo tiempo en que aprendía a leer y escribir, don Pablito un músico que también era mi vecino me enseñó a tocar la guitarra porque dijo que yo tenía muy buen sentido musical y que me regaló un cuaderno de versería para que “te acuerdes de mí cuando yo muera, si algo te gusta del cuaderno cántalo pa que te acuerdes de mí”. La primera guitarra que tuve en mi vida se la compré a don Melquíades, un huapanguero que me la dio en ochenta pesos que fui juntando de a cinco, de a veinte, hasta completar los ochenta pesos. Como aprendí a tocar la guitarra a escondidas de mi tío, porque tampoco le gustaba el son arribeño, ni ningún tipo de música, no la llevé a casa. Cuando ya sabía tocar la guitarra los vecinos me invitaban a tocar alabanzas y después, allá por el año de 1950, acudí con don Melitón Orozco, huapanguero de Río Verde que vendía poesías para sobrevivir para que me enseñara las reglas de la poesía decimal, del verso y los conocimientos del trovar. Me recomendó que leyera libros de historia y que de allí sacara la poesía para las topadas. Tiempo después acudí con don Ramón Loredo, de La Barranca, para que me enseñara los cambios de notas musicales. Así con el conocimiento inicial de las notas y los versos tuve mi primer topada, de las 6 de la tarde a las 10 de la mañana del día, en El Quelital, el 15 de mayo de 1955, día de San Isidro Labrador. Según yo, ya tenía mucha poesía pero mi contrincante, el señor Lucho me ganó la topada porque di mal la clave y me falló la corrección y la medida de mi versificación. Ante el fracaso, el trovador Rosalío Ruiz de San Ciro, San Luis Potosí, me enseñó cómo escribir poesía correctamente, me dijo que yo cantaba mucho pero que estaba despochinado, dijo que mi poesía estaba mal escrita, que si seguía así mis contrincantes me iban a seguir aporreando. Con vergüenza y todo yo seguí sus consejos y sus enseñanzas por las noches, de ese modo aprendí la consonancia, la medida y la corrección. Desde entonces he tenido curia en eso pero otros no lo hacen. También tuve enfrentamientos con Antonio García, Antonio Escalante, Mauro Villeda, Cándido Martínez y muchos otros trovadores como don Eleuterio de Cerritos, Antonio García en Arroyo Seco, Miguel González, con Pedro Sauceda, Ismael Orduña, Antonio Escalante, Teodoro Ruíz, Chón Aguilar, con Tobías, con el doctor Chessani, con otro señor uno que se llama Pantaleón, había uno muy bravo, don Mauro, con quien siempre nos echábamos buenos aporreones porque él era muy terco su posición, su poesía no era correcta pero él así cantaba, decían que no sabía leer, pero quién sabe y ya una vez yo le dije que se guiara conmigo, que yo le enseñaba porque andaba muy mal pero nunca aceptó mi invitación.

Una vez fuimos a una topada a Tamasopo, un 19 de marzo, día de señor San José, para enfrentar don Toño Escalante. Me dijeron que mejor no me presentara porque don Toño era muy bueno, que traía muy buenos músicos, que iba a avergonzar a los míos porque con un solo arco tocan los dos violines ¿a poco los tuyos también pueden? Me preguntaban burlones. En aquel momento yo tocaba con uno que se llamaba Goyo y otro Chano. El que nos contrató nos dijo que no importaba si yo tocaba bien, lo que le interesaba era que hubiera dos grupos. Luego me dijeron que si eso hacían que estaba muy diablo pero que fuera con él para que me enseñara a tocar unos tonos en menor, así estuvimos ensayando varias noches seguidas y sacamos cinco sones en tonos menores. Empezó la topada y a eso de la medianoche les dije en la poesía que tocaran los dos violines con un solo arco pero, no, no lo hicieron. Después de la poesía y el saludo nosotros les metimos en menor pero no contestaron ninguno, don Toño nos dijo “Muchachos qué bonito tocan, nosotros estamos de medio día pa bajo, ai nos disculpan porque nosotros no estamos tan acopladitos y no tenemos mucho repertorio. Ya nos vamos porque vamos a agarrar el tren.

Antes nos íbamos a las topadas a caballo, así íbamos a Concá, Lagunilla, Arroyo Seco, San Ciro, era muy cansado a veces hacíamos hasta nueve horas de camino, se sufría mucho porque era muy incómodo viajar a caballo y luego luego bajarnos a tocar, nos teníamos que dormir sobre las bestias. A mí en una ocasión se me cayó la guitarra porque la bestia dio un brinco y me recordó. Otra vez íbamos al Durazno echando pulque y en el pinal me caí del caballo y me fui rodando cuenta bajo unos diez metros entre los arbustos, la guitarra se quebró, la recogí, la entablillé y se la llevé a un señor que me la arregló. Ya después en autobús nos íbamos más rápido, ora nos vamos en camionetas de las que traen del otro lado y le damos pa la gasolina y un dinerito al chofer. He andado con varios músicos que me han dejado porque se han tenido que ir a trabajar al otro lado, el jaranero fue el primero que se fue, luego conseguí otro pero también me dejó, uno está en unas huertas de California y el otro cuida caballos en Texas.

LA BRAVATA

En una ocasión fui a un baile a Mangas de Atarjea y era nomás una música, nosotros, y entonces cuando ya habíamos terminado en la mañana un hombre nos dijo que teníamos que tocar otro rato.

–Oiga pero es que ya estamos cansados y desvelados y ya mis músicos no quieren– le dije.

–Pos si no tocan otra hora no les pago.

–Pos no nos pague, total el que nos invitó tiene que pagarnos.

–Pero yo soy el que va a pagar.

–Pos aquí mismo él me paga.

–¿Entonces no me tocas hijo de la chingada? –dijo el hombre al mismo tiempo que sacaba un cuchillo de entre sus ropas. Yo nomás traía un casco de cerveza en una mano y mi guitarra en la otra. Yo ya sabía cómo defenderme porque don Pablito no sólo me había enseñado a tocar, sino que también me educó en la esgrima y en la defensa personal. Pensaba, si se me avienta le voy a quitar el cuchillo con el casco pero no le voy a hacer nada, sólo se lo voy a quitar. En eso andaba mi pensamiento mientras la gente que había estado en la fiesta se quedaba mirando, sin intervenir.

–A poco muy gallo, hijo de la chingada? –volvió el hombre a la carga, pero sin atacar.

Ya luego la gente que miraba salió en mi defensa y nos apartaron, me preguntaron que si no le tenía miedo al cuchillo.

–Cuando gustes revivirla estoy a tus órdenes –le dije al hombre rijoso y cada quien tomamos nuestro camino.

Tiempo después fui a La Florida y por allá me encontré al tipo agresivo del que me dijeron que se llamaba Francisco.

–¡Quióbole don Francisco cómo has estado! –le dije a modo de saludo.

–Bien don Lupe, ¿va a tocar? –contestó y luego se disculpó, dijo que aquella ocasión andaba borracho y que no había sabido lo que hacía. Al final quedamos como amigos.

EL RETIRO

Don Lupe Reyes menciona que desde aquella ocasión se desanimó mucho y mejor se quitó del destino para que la gente no le anduviera reclamando por incumplido. El lamentable retiro también es consignado por Guillermo Velázquez: “Desde hace algunos años don Lupe ya casi no acepta participar en topadas y sólo toca en velaciones, pero sigue escribiendo versos decimales sobre distintos temas, porque dice que cuando anda en la milpa ‘la cabeza se le llena de versos.’”

LA DULZURA DE LAS NOTAS

Por supuesto que el retiro es parcial pues ahora sus hijos y otros jóvenes campesinos, aprendices de poeta de El Refugio, son quienes lo acompañan: “Se pasan toda la noche ensayando y yo nomás les digo que no quiebren las notas, que saquen la medida derechita, como los surcos de la milpa. Una vez le dije a uno de mis hijos que pusiera los dedos bien derechitos, que la yema pisara bien la cuerda y, vacilando, le dije que le echara azúcar. Mi hijo me dijo que si le echaba azúcar se le iban a pegar las cuerdas en los dedos. Pero endulza las notas, le contesté riendo.”

El Instituto de Investigación y Difusión de la Danza Mexicana, A. C., en propuesta de la  Delegación Querétaro, otorgó en Homenaje que llevará  su nombre, junto con el de dos distinguidos personajes queretanos, al XXXIV Congreso Nacional para Maestros de Danza Tradicional Mexicana, en julio de 2005.

* Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006 en el rubro de Artes y Tradiciones Populares.

 

Fines educativos                                                        Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2006/12/31/sem-agustin.html 

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